¿Qué es?

Una de las funciones ejecutivas que sirve para para frenar o suprimir una acción o conducta de manera voluntaria, una conducta prepotente o inadecuada para su contexto y la obtención de objetivos individuales (Diamon, 2016; Friedman & Miyake, 2004).

Para llevar a cabo dicho proceso de inhibición conductual es necesario tener la capacidad de autocontrol o de autorregulación, que nos permite frenar las respuestas motoras y emocionales inmediatas a un estímulo para reemplazarlas por otras más adaptativas como permanecer sentado o concentrado en una tarea. Mientras inhibimos dicha respuesta inmediata es fundamental evitar distractores que infieran en ese proceso para poder planificar y realizar la respuesta más adecuada.

Es aquí donde las funciones ejecutivas se ponen en marcha desarrollando las habilidades cognitivas responsables de la organización y planificación del comportamiento que nos ayudarán a resistir la distracción para fijarnos unas metas nuevas más adecuadas que la respuesta inhibida inicial y dar los pasos necesarios para lograrla.

Contribuye a desarrollar habilidades como la anticipación, la planificación y el establecimiento de metas en la vida. Bajo la teoría de la plasticidad cerebral es importante su observación y modelado a través de terapias cognitivo – conductuales.

Dicho control es básico para la flexibilidad mental del sujeto, el control de la impulsividad o de las inferencias, la memoria de trabajo, la concentración y la regulación del afecto. Por ello niños con autismo y déficit de atención con impulsividad deben cuanto antes comenzar un tratamiento psicopedagógico temprano.

¿Cuándo se desarrolla?

Desde la infancia y es conveniente observarla en los primeros años para un buen desarrollo de distintas habilidades por ser uno de los principales componentes ejecutivos encargado del control voluntario de conductas, emociones y pensamientos dirigidos al logro de metas. El Dr. Russell Barkley propuso un modelo de autorregulación del comportamiento donde el control inhibitorio era la base para un buen funcionamiento del resto de funciones ejecutivas del cerebro. Dicho control ayuda a muchos niños con dificultades y trastornos del aprendizaje.

¿Cómo se manifiesta?

Se percibe bajo tres niveles:

  • Nivel motor: hay un descontrol en la conducta motora que se manifiesta con hiperactividad.
  • Nivel atencional: a través de distracciones y dificultades para prestar atención.
  • Nivel conductual: a través de actitudes impulsivas que no podemos inhibir pudiéndonos producir ansiedad y baja autoestima.

¿A qué se debe y como entrenar dicha función ejecutiva?

A nivel cerebral, las estructuras frontales son las últimas en desarrollarse por ello es común ver que los más pequeños muestran un grado mayor con respecto a estas dificultades.

Según se va creciendo, si no hay otras disfunciones específicas, nuestra capacidad inhibitoria va incrementándose hasta su pleno desarrollo.

Dicha inhibición es una de las funciones ejecutivas que más utilizamos en nuestro día a día permitiéndonos reaccionar ante situaciones imprevistas o de riesgo y pudiendo adaptarnos a ellas. Una buena inhibición puede favorecer mejores comportamientos y ayudar a conseguir nuestras metas académicas y personales con mayor éxito además de ser más eficientes en el trabajo personal, darnos una mayor seguridad vital y unas mejores relaciones personales.

La estimulación cognitiva y el entrenamiento en funciones ejecutivas modelan su limitación y favorecen a una mejora integral de la persona en todos sus ámbitos.

Se estima que casi el 50% de la población presenta algún tipo de deficiencia en sus funciones ejecutivas (Castellanos y cols., 2006). Por lo tanto, este entrenamiento va dirigido a toda persona que quiera mejorar el rendimiento de sus funciones ejecutivas y la eficacia en sus tareas cotidianas, sean del tipo que sean.

En especial afecta  a todos aquellos niños, adolescentes y adultos que hayan sido diagnosticados de TDAH, Dislexia o cualquier otro trastorno del aprendizaje o del desarrollo, así como a personas que estén en la etapa del envejecimiento y es por ello que recibir un entrenamiento de las funciones ejecutivas mejorarán sus habilidades sin duda.

Según el modelo híbrido de las funciones ejecutivas de Barkley (Orjales Villar, 2000), el TDAH, uno de los trastornos que afectan al aprendizaje más común entre nuestros alumnos,  se caracteriza precisamente por una disfunción ejecutiva, donde se encuentran alteradas la acción de la memoria de trabajo (o memoria de trabajo no verbal); el habla autodirigida (o memoria de trabajo verbal); el control de la motivación, las emociones y el estado de alerta, así como el proceso de reconstrucción (fragmentación de las conductas observadas y recombinación de sus partes por el diseño de nuevas acciones). Estas disfunciones alteran el desarrollo de los procesos cognitivos superiores, produciendo dificultades en los procesos de aprendizaje académico formal. 

También debemos tener en cuenta que cada subtipo de TDAH (en el DSM-V, cada presentación) se caracteriza por diferentes alteraciones. En un estudio sobre disfunción ejecutiva en el TDAH (Romero-Ayuso et al., 2006), donde mediante el efecto Simon se compararon las diferencias existentes entre las funciones ejecutivas en los subtipos de TDAH inatento y TDAH combinado, se concluyó que los TDAH combinado presentaban una afectación más generalizada, mientras que los TDAH inatento presentaban un menor rendimiento en memoria de trabajo y en planificación.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que, desde un enfoque cognitivo-conductual, el tratamiento del TDAH es multimodal, es decir, se combinan un tratamiento farmacológico, psicológico y psicopedagógico, incluyendo también en la terapia a la familia y profesores, se hace imprescindible el entrenamiento en funciones ejecutivas para favorecer el desarrollo y la rehabilitación de las posibles funciones afectadas.

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