En la vida diaria nos enfrentamos a multitud de retos y problemas cuya resolución exige poner en juego muchos procesos cognitivos. Para resolver problemas debemos realizar procesos estructurados que según la teoría del espacio del problema presentada por Newell y Simon (1972) se resumen la consecución de las siguientes fases:

  • La identificación del problema
  • Representación del problema
  • Planificación de la solución
  • Ejecución del plan
  • Evaluación de la solución

Pero según la personalidad de cada uno, la identificación o percepción de una situación problemática puede ser muy distinta, es decir, partimos de percepciones no idénticas, afectando a la representación mental del problema que se verá influida por los aprendizajes previos que tengamos cada uno. Así el resto de los procesos dependerán muy mucho de estos aprendizajes y de nuestra persona.

Sobre la base de la representación mental del problema elaboramos una posible solución, conveniente para nosotros. Si las consecuencias son satisfactorias, la solución se dará por buena, pero si no lo son necesitamos buscar una alternativa. Pero para buscar otras soluciones tenemos que ser capaces de modificar nuestra representación mental, hecho que cuesta mucho modificar, actuando, por ejemplo, nuestra flexibilidad mental entre otros procesos cognitivos. La psicología de la Gestalt, en los casos de falta de flexibilidad mental habla de fijeza funcional como un impedimento para buscar nuevas soluciones.

Los siguientes procesos se elaboran en conjunción de muchos factores a través de una red de conocimientos previos, nuestra interacción con el medio y experiencias previas, pero bien es cierto que muchas veces las soluciones deben darse de forma rápida y sin tiempo para explorar distintas alternativas, donde interviene nuestro modo de razonar que también analizará los pros y contras de la solución tomada.

Como se ha mencionado, los aprendizajes previos acumulados por cada uno de nosotros son un factor esencial en la efectividad de estos procesos y de ello queremos seguir hablando. A mayores conocimientos, más facilidad de encontrar medios ajustados a metas y mayores posibilidades de resolver por analogía nuevos problemas (Ross y Kennedy, 1990).

¿Cómo solucionamos el problema?

Acumulamos aprendizajes que nos determinan como dar solución al nuevo problema. Identificando el problema, que va a estar influido por estos aprendizajes, la conformación del espacio – problema y de la utilización de heurísticos como son, la aproximación constante al objetivo que nos lleva a intentar lograr nuestra meta, y la búsqueda aleatoria que es una técnica heurística basada, fundamentalmente en el ensayo y error, damos soluciones a los nuevos retos o problemas.

Así podemos entender que tienen ventaja los expertos sobre los novatos y de ahí que digamos que “la experiencia es sabiduría”.

Se estima que una persona puede llegar a ser experto en un determinado campo ya sea una especialidad científica, deportiva o musical, en torno a los 10 años o unas 10.000 horas de práctica o entrenamiento en ese campo (Ericsson et al., 2006). Sin embargo, la experiencia por si sola no es suficiente, sino el estudio con esfuerzo, que supone afrontar sin cesar dificultades que superan la propia competencia, en un camino ascendente de superación constante como afirman muchos expertos científicos al igual que Ericsson y por ello muchas personas que llevan ese tiempo o más practicando en una determinada área no lleguen jamás a rebasar el nivel de aficionado.

Este concepto, parece ser la clave para ser experto en la solución de problemas. En relación con la educación podremos decir que nuestros alumnos serán mejores resolviendo problemas de matemáticas, lengua o cualquier otra materia, resolviendo conflictos con compañeros o en sus relaciones familiares, en la medida que tengan acceso a experiencias de estudio esforzado durante el tiempo suficiente.

¿Cómo incitamos a nuestros alumnos a que practiquen el estudio por esfuerzo?

La clave según Butterworth (1999) tiene que ver con la motivación que produce el éxito, proponiendo la idea del círculo virtuoso del aprendizaje, frente al círculo vicioso.

El círculo virtuoso consiste en la experimentación de hechos satisfactorios que conducen al éxito (ver divertidas las matemáticas, hacer que primero las entiendan y luego les resulte atractivo resolver problemas o mejor dicho retos), dar sentido al aprendizaje de la gramática u otras áreas más arduas para el alumnado, etc.

Esta práctica produce más aprendizajes que llevan a obtener una mayor competencia y a un mejor rendimiento en esa área, lo que, a su vez, conduce a un aumento de las gratificaciones o recompensas como una mejor calificación o mayor reconocimiento, por ejemplo. Es la práctica de emociones placenteras y por tanto un aumento de la motivación positiva capaz de impulsar de nueva el giro del círculo (Anaya, D., 2009).

En oposición encontraremos al círculo vicioso que parte desde la frustración producida que conlleva el fracaso, el miedo a ese tipo de actividad y por tanto a la evitación de dichas actividades. Cuántas veces nada más hablar a un alumno sobre la realización de un problema de matemáticas, sin empezar a leerlo ya te dicen: “no lo entiendo”, “es muy difícil y no sé cómo hacerlo”

Por tanto, la ausencia de esta práctica impide los aprendizajes, lo que conduce a una menor competencia y peor rendimiento, que hace aumentar castigos, consecuencias negativas y emociones displacenteras, aumentando así la motivación negativa capaz de impulsar el giro del círculo vicioso.

La práctica en la docencia nos hace ver que un alumno aprende más y mejor inculcando ese círculo virtuoso y que las prácticas que se retroalimentan de experiencias negativas lleva a un casi pronosticado fracaso escolar, así pues, facilitemos experiencias de éxito a nuestros alumnos desde el primer momento para que sus experiencias acumuladas le faciliten la solución de problemas a lo largo de la vida.

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