El sueño es un estado específico del cerebro que se caracteriza por inhibir la alerta cerebral y por consiguiente su desconexión de los estímulos externos. Pero mientras dormimos, nuestro cerebro sigue activo. Su actividad es esencial para restaurar las funciones corticales, y su privación puede causar la muerte (Miyamoto y Hensch, 2003).

Pero el sueño no es homogéneo y se distribuye en fases: el sueño de ondas lentas o profundo y el sueño REM (rapid eye movements). Aproximadamente se alternan cada 90 minutos.

El sueño es vital para el aprendizaje. Consolida y reorganiza otros aprendizajes mediante conexiones neuronales subyacentes en el sistema global (Huber et al, 2004; Smith, 1996; Stickgold, 2003).

En segundo lugar, tiene un reprocesamiento off-line de los aprendizajes establecidos en el hipocampo durante la vigilia y gracias a las conexiones entre córtex e hipocampo, dichos aprendizajes son reproducidos en la corteza cerebral. Por tanto, el sueño es un condicionante esencial del aprendizaje. El viejo dicho de “lo voy a consultar con la almohada” está científicamente respaldado.

El sueño es necesario para el aprendizaje y sobretodo para el desarrollo del cerebro. Su ausencia produce múltiples trastornos psicológicos como: depresión, problemas de conducta, estrés, acuse de TDAH y por supuesto, un peor rendimiento académico. Reduce la eficacia mnemónica y la resolución de problemas (Feber y Kryger, 1995; Steenari et al, 2003).

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